28 de Mayo de 2004.
l hecho de residir tan alejados de la capital salmantina, ha
sido el motivo que nos ha animado a adelantar el viaje, y disfrutar
durante esta jornada, de la esperanzadora estampa de los campos cubiertos
del verde cereal que cubre gran parte de la meseta castellana, tierra de
buen pan y buen vino. Tras surcar las provincias de Burgos, Palencia,
Valladolid y Zamora, penetramos en la de Salamanca y al fin, casi en
silencio, hemos sorprendido a la ciudad del Tormes a la hora de su siesta…
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Luce
ahora todo su esplendor la jornada primaveral sobre la “dorada”
Salamanca. Sentados en una de las terrazas de la Plaza Mayor, Mari Carmen
y yo disfrutamos de la vista de sus hermosas fachadas barrocas, mientras
los rayos del sol, ya poniente, se reflejan aún sobre las cristaleras de
los pisos superiores del Pabellón Real. En esta singular plaza, la plaza
porticada más bonita de España, de cuya terminación se cumplirán muy
pronto 250 años, concurrida en estos momentos, como a casi todas las horas
del día, por multitud de gentes, estamos citados los Castilla, mañana por
la mañana, para iniciar la celebración de nuestro encuentro anual, en esta
ocasión proyectado por Fernando Castilla Brugger.
Frente
a nosotros, colgando de las barandillas de los balcones del Ayuntamiento,
una gran pancarta que recoge el grito de sus gentes: “Por la unidad del
Archivo. Para que nada se pierda”. Los salmantinos desean que se conserve
en la ciudad, la totalidad de la documentación que conserva el Archivo de
la guerra civil española, y este mensaje nos conduce hasta la inquietud
investigadora que nos une a los componentes de este foro, que también
solicitamos que se cuiden con cariño los documentos históricos, para que
ninguna prueba se pierda.
29 de Mayo de 2004.
abían sonado ya las campanadas de las 11 en el reloj del
Ayuntamiento cuando, desde la calle de Zamora, desembocamos en la Plaza
Mayor. Ya aguardaban allí mi hermana María Teresa Castilla Paredes y su
esposo Luis Dorado Gómez en animada conversación con Rosa Casanova, Guía
Turística local que nos acompañaría en el recorrido por la ciudad. También
se hallaban allí, Fernando Castilla Brugger, su esposa Mercedes Penalva
Lapausa y su hermana Elvira Castilla Brugger. Luego, el círculo se amplió
con la llegada de los salmantinos Castilla Corral: Julia, Lourdes y
Fermín, y la de los madrileños Fernando Castilla Lucas, nuestro
coordinador, y su hermano Julio. Aún tardaron unos minutos en incorporarse
al corrillo Juan José Castilla Martín y su esposa Lidia Cintron Díaz. Solo
quedaba pendiente la llegada de Isabel, cuarta de los hermanos Castilla
Corral, que lo haría a primera de hora de la tarde procedente de Ávila.
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Desde la izquierda: Lourdes Castilla Corral, Mercedes Penalva Lapausa,
Fermín Castilla Corral, Julia Castilla Corral, Fernando Castilla
Brugger, Elvira Castilla Brugger, Luis Dorado Gómez, Mariano Castilla
Paredes, María Teresa Castilla Paredes, María del Carmen Trapero
González, Julio Castilla Lucas, Lidia Cintron Díaz, Juan José Castilla
Martín y Fernando Castilla Lucas. |
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Nos
trasladamos al centro de la Plaza Mayor, y allí Rosa comenzó a impartir
su lección magistral sobre la descripción y la historia de cuanto nos
rodeaba:
“Se conoce a esta ciudad
como Salamanca Dorada o Salamanca la Blanca, pues la mayor parte de sus
edificios han sido construidos, o al menos cubiertas sus fachadas, con
piedra arenisca proveniente de una cantera cercana, lamida a lo largo
del tiempo por las aguas del río Tormes que le han dado esa clara
tonalidad tan peculiar.
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Esta
Plaza fue construida entre 1729 y 1755 en estilo barroco, con
pórticos formados por arcos de medio punto; entre ellos hay
medallones con las efigies de reyes, guerreros y escritores. Todos
los edificios son de tres pisos con balconaje de hierro. En el de
levante o Pabellón Real se abre un magnífico arco coronado por una
escultura del rey Fernando III el Santo, patrón de la monarquía
española; el centro del septentrional lo ocupa el impresionante
Ayuntamiento y su torre de campanas.
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El
grupo se puso en marcha hacia la Rua Mayor deteniéndose brevemente ante
la románica iglesia de San Martín, envuelta hoy día por casas modernas
cuya eliminación pondría en peligro el propio templo.
La
iglesia de la Universidad Pontificia de Salamanca, conocida como “La
Clerecía”, fue nuestro siguiente destino, sus torres son de las más
bellas que ha creado en España el estilo barroco; visitamos el claustro
universitario, su escalera noble y el aula magna, recientemente
restaurada, larga sala con bóveda de cañón con pinturas y brillante
decoración de sus yeserías.
Pasamos
a visitar a continuación la Casa de las Conchas, edificio representativo
del arte de la época de los Reyes Católicos. Su fundador, canciller de
la Orden de Santiago, adornó su fachada con grandes vieiras, símbolo de
los peregrinos que marchan hacia Santiago de Compostela.
Recorriendo
la Calle de los Libreros, en la que hoy son escasas las librerías, hemos
contemplado la casa del Rector, en la que vivió D. Miguel de Unamuno, y
nos detuvimos en el Patio de Escuelas Mayores (antigua Universidad),
presidido por una estatua de Fray Luis de León, y al que hace frente la
fachada principal, joya plateresca (1529) cuajada de medallones, escudos
e infinidad de grupos escultóricos.
Ya
en el interior del centro universitario, recorrimos su claustro bajo y
visitamos algunas de las viejas Aulas del Estudio. La de Fray Luis de
León, en la que se conserva el rudimentario mobiliario original, vigas
de madera a modo de asiento y de mesa;
en ella el maestro, cuando regresó, tras permanecer encarcelado por la
Inquisición, comenzó la lección con su famoso “decíamos ayer”. También
visitamos el magnífico Paraninfo (Aula Magna), donde se celebran los
actos académicos solemnes de la Universidad.
Aprovechando
la estancia en el claustro bajo, junto a las aulas en las que tantos
estudiantes, a lo largo de los últimos ocho siglos, han adquirido su
alto nivel cultural, hemos recordado a aquellos que, llevando nuestro
apellido, forman parte de la historia de esta Universidad. Dos rectores
y cuatro catedráticos figuran entre ellos, y allí destacamos a Don Diego
de Castilla, que fue elegido Rector el 10 de Noviembre de 1571 en la
capilla de San Jerónimo, situada solamente a unos metros del lugar en
que nos hallábamos reunidos.
En
el claustro superior pudimos asomarnos a la puerta, y contemplar desde
ella el interior, de la que fue primera biblioteca universitaria de
Europa, y en la que se conservan gran cantidad de manuscritos y
numerosos códices e incunables. De regreso al claustro bajo nos cruzamos
con los invitados de una boda que se iba a celebrar a continuación en la
capilla de San Jerónimo.
En
la Catedral Vieja, lo mismo que nos ocurrió en la iglesia de La
Clerecía, se estaba celebrando otra boda, por lo que no pudimos
visitarla. En la entrada de la Catedral Nueva hallamos otra pareja de
recién casados sobre la que caían en esos momentos algunos puñados de
arroz arrojados por sus amigos. Ciertamente Salamanca se había puesto
más guapa aquella mañana gracias a la celebración de numerosos enlaces
matrimoniales.
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La
construcción y el ornato de la Catedral Nueva, iniciada en 1513 se
extendieron a lo largo de tres siglos; se la considera como “el último
suspiro del gótico”, estilo al que acompañan diversos detalles de otros
posteriores como el plateresco y el barroco.
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Son
magníficas su portada principal y sus esbeltas torres, y en el interior,
además del coro y las diversas capillas (en una de ellas se conserva el
Cristo de las Batallas, que portara el Cid Campeador durante sus
campañas guerreras), es digna de mención la alta bóveda del altar mayor,
suntuosamente dorada y policromada. Parte de ella se desprendió como
consecuencia del terremoto de Lisboa de 1755, y tuvo que ser
reconstruida..
Además
de otros desperfectos, dicho seísmo agrietó e inclinó la alta y vetusta
torre de las campanas, la cual, para evitar su caída, fue fajada en
algunos de sus tramos con férreas cadenas, y sus grietas cosidas con
fuertes grapas; luego fue forrada con la misma piedra arenisca que lucen
la mayor parte de los monumentos salmantinos.
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Eran
ya más de las 14,30 cuando, desde la Plaza de Anaya, iniciamos el
retorno hacia la Plaza Mayor donde, terminada su misión, se despidió de
nosotros Rosa Casanova, a quien agradecimos su “buen decir” al
transmitirnos su extenso conocimiento de la ciudad y su historia.
Continuamos
por las calles Toro y Azafranal hasta llegar a la Plaza de Santa
Eulalia, en la cual se
halla el Restaurante La Posada en el que teníamos reservada mesa y mantel;
en su salón de abajo, que íbamos a compartir con otra celebración
familiar, nos acomodaron en una larga mesa en la que pronto las
conversaciones, repartidas en tres o cuatro corrillos, fueron in
crescendo.
En
realidad éramos todos los Castilla los que de una u otra forma, nos
hallábamos, hombro con hombro, alrededor de aquella mesa. Ese era el
común sentimiento de todos los concurrentes.
Junto
al agua fresca, los primeros en ocupar su lugar sobre el mantel fueron
el vino y el pan, elementos imprescindibles a la hora de comenzar a
recorrer nuestra historia; así lo recuerda la sabiduría popular: “Con
pan y vino se anda el camino”.
Mayor de Castilla
fue el vino elegido para
degustar en esta ocasión; un crianza de la cosecha del 2001 de la Ribera
del Duero. Escanciado sobre las altas copas, guardó un respetuoso
silencio esperando las palabras de un brindis que no tardó en ser
pronunciado:
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BRINDIS
Amigos:
Hoy
nos hemos reunido alrededor de esta mesa algunos miembros del Grupo
ApellidoCastilla, entrañable familia que se extiende, cada día un poco
más, a lo largo y ancho de nuestro mundo.
Aunque el solar originario de nuestro apellido se ubicara
en la región castellana, los Castilla de nuestro tiempo nos hallamos
repartidos por toda España y diversos puntos de otras naciones europeas;
también en muchos lugares de las Américas, desde los Estados Unidos a la
Patagonia argentina; y hasta en la nipona ciudad de Osaka desde donde
nos escribe uno de nuestros compañeros.
A todos nos une ese afán de querer conocer mejor a
nuestros antepasados, y por ello hundimos en la historia nuestra
inquietud investigadora en busca de ancestrales raíces.
Es una labor callada y constante como la del científico;
y a la vez delicada y paciente como la del arqueólogo. Barriendo
lentamente el polvo del tiempo, vamos sacando a la luz las venerables
piedras que son el basamento de nuestras ramas genealógicas.
Que gran satisfacción sentimos cuando descubrimos un
nuevo eslabón que podemos unir al de la última persona que conocíamos en
nuestra cadena familiar. Que alegría el poder enlazar las cadenas y
seguir el palpitar de nuestros parientes a través de los siglos.
Así como Cecilia y Pablo desde Argentina, y Sylvia desde
Guatemala, han compartido con nosotros su gozo al comprobar que proceden
de la misma rama, los Castilla-Portugal, del tronco de la realeza
castellana; también muchos otros desde Estados Unidos, México,
Venezuela, Brasil, Colombia, Cuba, Chile o Uruguay, comparten sus ansias
de confirmar quienes desde Salamanca, Santander, Huelva, Sevilla, Málaga
o Granada, partiendo hacia el Nuevo Mundo, iniciaron las numerosas y
prolíficas ramas americanas de los Castilla.
También a quienes habitamos a este lado del Atlántico,
nos alegra el ir conociendo que nuestras hoy dispersas familias en
Berna, Orleans, Barcelona, Pontevedra, Madrid, Huelva o Navarra, se
hallaban siglos atrás avecindadas en poblaciones cercanas y, quizás
también, emparentadas entre sí.
Hoy quisiera brindar aquí, en primer lugar, por nuestros
antepasados, principal origen de este encuentro. Ellos abrieron caminos
en el tiempo y forjaron los latidos de historia que nosotros heredamos
al nacer.
Por todos los Castilla, para que nunca dejen de sentir
esa inquietud de investigación, y la compartan con el resto de la
familia.
Por nuestros amigos argentinos, para que celebren con
gozo un entrañable Castillazo, que apriete un poco más los ya existentes
lazos de amistad entre todos ellos.
Por todos los que habéis acudido a la cita en el
excepcional marco de esta incomparable ciudad de Salamanca, y habéis
conducido al éxito nuestro Castillazo 2004.
Amigos todos: Salud
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Fernando
Castilla Lucas, nuestro querido coordinador nos transmitió el saludo de
su padre, del Dr. Eduardo Arroyo y sus colaboradoras, y de otros
compañeros del Grupo como Mercedes, Nicole, Marta, Mari Carmen, Isaac o
Antonio que no habían podido desplazarse y acompañarnos como era su
deseo.
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Por la izquierda: Elvira Castilla Brugger, Mercedes Penalva Lapausa,
Fernando Castilla Brugger, Mariano Castilla Paredes, María del Carmen
Trapero González, María Teresa Castilla Paredes y Luis Dorado Gómez.
Por la derecha: Lourdes Castilla Corral, Fernando Castilla Lucas,
Julio Castilla Lucas, Fermín Castilla Corral, Julia Castilla Corral,
Lidia Cintron Díaz y Juan José Castilla Martín.
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A
partir de ese momento la charla se mantuvo viva a lo largo de toda la
comida, mientras iban apareciendo y desapareciendo los platos del menú.
Primero una rica crema de mariscos, a la que siguieron unos platos de
lomo ibérico (excelente muestra de la buena industria chacinera de la
provincia), y unos huevos revueltos con gambas y ajetes tiernos. Como
plato principal había que elegir entre lubina o cochinillo al horno,
acompañados de una fresca ensalada.
Entre
las asados de carne y pescado andaban aun enredadas las conversaciones,
cuando se incorporó al grupo Isabel Castilla Corral, que acababa de
llegar desde Ávila. Tras ser saludada por todos nosotros, tomó asiento
para participar en el final del almuerzo, y en la familiar tertulia.
Unas
natillas a la crema, nevadas de blanca nata, fueron el dulce postre de
tal ágape, que culminó, tras el café, con unas copitas de aguardiente y
licores de hierbas y frutas.
Cierto
es que, pese a que el reloj recorría su inalterable camino manteniendo
su ritmo, sin prisa, pero también sin pausa, nadie mostraba el menor
deseo disgregar aquella familia, arracimada en torno a una amistad
surgida por un encuentro de afanes, tendidos hacia tiempos pasados. No
obstante era evidente que nuestra estancia en el restaurante no podía
prolongarse mucho más, y por ello decidimos dar por finalizada la comida
y trasladar la charla a algún otro lugar al aire libre.
Fernando
Castilla Lucas y su hermano Julio, que acababa de ser padre, debían
regresar a Madrid de forma inmediata, por lo que fueron los primeros, en
la misma plaza de Santa Eulalia, en abandonar la reunión; luego fueron
Juan José y Lidia quienes se despidieron, encaminándose hacia la Rua
Mayor para realizar algunas compras.
Los once restantes decidimos
buscar acomodo en una de las terrazas de la Plaza Mayor, en la que,
alrededor de un par de mesas, pudimos continuar la tertulia, esta vez
sí, en forma de animado corrillo.
Mientras
se fueron consumiendo copas y refrescos, continuó la agradable tertulia,
en la que, como colofón al familiar encuentro, y dado el aroma cultural
que nos había envuelto durante toda la jornada, quise exponer ante todos
un sencillo detalle, muestra del afán de superación cultural por parte
de nuestras gentes, extraído de la historia de uno de nuestros
antepasados, Sebastián de Castilla de Abajo, que nació en Rubena el 27
de Enero de 1645, y falleció en Villafría el15 de Septiembre de 1712
.
Llegaba
la hora de las despedidas, pero aún este momento tratamos de demorar, al
aceptar el ofrecimiento por parte de los hermanos Castilla Corral, para
acompañarnos en un último paseo vespertino por la ciudad. Durante él
pudimos contemplar la casa en la que murió D Miguel de Unamuno y el
plateresco palacio de Monterrey; la iglesia del convento de las Madres
Agustinas, en la que admiramos el magnífico cuadro de la Purísima
Concepción pintado por José de Ribera y la bonita iglesia del convento
de la Vera Cruz, que posee algunas de la tallas que salen
procesionalmente en Semana Santa por las calles salmantinas, y en la que
las monjas con hábito blanco, se turnan, hora tras hora, adorando al
Santísimo Sacramento, permanentemente expuesto en su altar .
Tras
recorrer la siempre animada calle de Zamora, llegó el momento definitivo
de la despedida que se produjo junto a la planta circular de la románica
iglesia de San Marcos. ¡Hasta el Castillazo 2005, amigos!, ¡Buen viaje
de regreso a todos¡.
30 de mayo de 2004.
Han
transcurrido ya algunas horas desde que abandonamos Salamanca, y tan
solo unos minutos que, al pasar por las cercanías de Burgos, hemos
podido ver a los lejos las esbeltas torres de su catedral.
Ahora
he reducido la velocidad del coche para disfrutar, aunque tan solo sea
unos segundos, de la vista, allá en lontananza, de la pequeña localidad
de Rubena y su iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, uno
de los solares en los que se asientan los orígenes de nuestro común
apellido familiar.
CASTILLA.
Mariano Castilla Paredes
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